Hago pocas cosas, pero... ¿os he contado qué son esas cosas?
Me gusta dar largos paseos con mis pensamientos. Salimos a solas, a contemplar el mundo. A veces mis pensamientos han bebido mucho café y están un poco alterados; intento calmarlos: les pongo música, pero ni así. Ignoran la música. Tanto que, pasan algunas canciones (y algunas calles) cuando alzo la mirada y veo que el lugar y la banda sonora han cambiado.
Hablan y hablan: gritan ¡GRITAN TU NOMBRE! Se ponen de acuerdo y relatan unas pocas historias (como les da la gana. Le dan la vuelta y cambian un adiós por un no te vayas.) Las cuentan tantas veces que vivo con el miedo de algún día recordarlas como verdaderas (tampoco son falsas del todo, pero siguen siendo sueños). No los quiero oír, me aturden con sus voces y pataletas. Pero aún así, nunca los dejo tirados; siempre los saco a dar paseos, a que les de el sol y a veces un poco de viento o algunas finas gotitas de nubes.
En cuanto veo hojas tristes que se han suicidado dejándose caer desde alguna copa, y tendidas en el suelo, lloran por no haber logrado su objetivo, las silencio dando un paso, y a mis pensamientos los hago oir el sonido quebradizo de la despedida. También los hago oir los silbidos del viento, si nos acompaña, y el de mis pasos acelerados.
El otro día me encontré con un sonriente osito, me miró y supe que quería que le hiciese una foto; quería que su azaña se hiciese un huequecito en la eternidad. Y así lo hice.
Ahí estaba, atrapado entre su mundo (el que siempre ha conocido) y el mío (que a veces, aburre).
Seguro que le dolía, y quizás el calor le secó la sonrisa, pero él sabía que lo había conseguido. Había logrado escapar de su mundo. Quise ser como él.
Y la verdad es que no somos tan diferentes. Las veces que he logrado escapar, vienes tú y me sumerges en tu recuerdo. Cuando fue de noche y volví a pasar por ese lugar en el que este valiente osito pudo escapar (de sus pensamientos), ya no estaba ahí.
Supongo que tiene un tú que lo llevó de nuevo a la realidad.
Pero yo, guardé su recuerdo, Karen.
Vendo mi alma al primero que pase porque el diablo se olvidó de mí.
Dejad los pretextos, la vida necesita más párrafos.
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sábado, 27 de agosto de 2011
lunes, 22 de agosto de 2011
¡Maldito inmortal!
No sé cómo lo hace (o quizás sí) pero el muy estúpido siempre regresa. Regresa de ese sitio tan oscuro y sin salida en el que lo encierro. Y es que, después de matarlo unas cuantas veces (de todas las formas que sean físicamente posibles, y de las que no también) me aburrí de ver cómo revivía. Cada vez regresaba mejor, con más vida, más color, con ganas de cogerme bien fuerte de la mano para no soltarme nunca; de apretarme el corazón para que le quepa en la mano y poder controlarlo a su gusto. Así que decidí enterrarlo, arrinconarlo, ahogarlo y no dejarlo revivir, a ver si así me dejaba en paz.
Y es que "¡qué bien saben morir algunas cosas que ya estaban muertas!"
Adquieren práctica, se hacen más fuerte en cada último aliento y se burlan... Ese maldito inmortal se burla de mí, cada vez que regresa, cuando me sonríe y me dice: deja de querer olvidarme, soy tu recuerdo.
En serio, dejadlo, son inmortales, Karen.
Y es que "¡qué bien saben morir algunas cosas que ya estaban muertas!"
Adquieren práctica, se hacen más fuerte en cada último aliento y se burlan... Ese maldito inmortal se burla de mí, cada vez que regresa, cuando me sonríe y me dice: deja de querer olvidarme, soy tu recuerdo.
En serio, dejadlo, son inmortales, Karen.
viernes, 19 de agosto de 2011
Si tú no fueras tú, y la Luna fuese de queso.
Si las calles fuesen de arena (con ese sonido de los zapatos cuando la rozan ¡que tanto me gusta!), y el cielo un techo de luces, para que no hiciesen falta las farolas... tú no serías tú y la Luna (seguramente) sería de queso.
Si los "si tal, si cual, si yo, si tú, si hubiera..." sirvieran de algo, los usarían menos. Pero la verdad es que valen lo que vale un motón más de arena en algún desierto. Y si tienes sed, no vayas al mar (tenlo en cuenta).
Si los pájaros fuesen de papeles de colores; si la lluvia se vendiera en botellitas para curar el recuerdo; si pudieramos volar...
Deja ya de contar historias faltas de contenido, que sólo tienen un comienzo seguro, y un final con puntos suspensivos; y dime que si tú no fueras tú y la Luna fuese de queso, igualmente me buscarías.
Si lo que escribo fuese verdad, Karen.
Si los "si tal, si cual, si yo, si tú, si hubiera..." sirvieran de algo, los usarían menos. Pero la verdad es que valen lo que vale un motón más de arena en algún desierto. Y si tienes sed, no vayas al mar (tenlo en cuenta).Si los pájaros fuesen de papeles de colores; si la lluvia se vendiera en botellitas para curar el recuerdo; si pudieramos volar...
Deja ya de contar historias faltas de contenido, que sólo tienen un comienzo seguro, y un final con puntos suspensivos; y dime que si tú no fueras tú y la Luna fuese de queso, igualmente me buscarías.
Si lo que escribo fuese verdad, Karen.
domingo, 24 de julio de 2011
Sólo son palabras.
Calle desierta. Frío. Diminutas gotas caen del nublado cielo. Luna y tenues farolas iluminan el rincón donde dos se miran fijamente. Él y Ella.
Él: un tipo tranquilo, de lo más normal. De muchas palabras y enorme sonrisa.
Ella: de pequeña siempre deseó que un trocito de Luna apareciese en su habitación.
En una escala del 1 al inconsciente, estos dos se encontraban en un perfecto 7.
Latas vacías decoraban su alrededor. Sentados uno en frente de otro; recostando la espalda sobre cada pared. Al respirar, el vapor salía como si de una locomotora se tratase; pero no sentían el frío, el rubor coloreaba sus mejillas.
- Tendríamos que irnos – dijo ella.
- Siempre quieres irte.
- Es lo más conveniente.
- ¿Huir?
- No. Dejar los pies en el suelo.
- ¿No te gustaría volar?
*Silencio*
- ¿No te gustaría sentir el filo del viento mientras caes, mientras atraviesas las nubes? – continuó él.
- Prefiero soñar que lo hago.
- Algún día te cansarás de soñar.
- Lo dudo.
- Siempre dudas de todo.
- Dudar siempre es la mejor opción.
- ¿Estás segura de que estás viva? – soltó.
Ella se acercó, recostó su espalda en la misma pared que él, a su lado, hombro con hombro. Le cogió la mano y la llevó a su pecho.
- Me late el corazón – afirmó ella.
- Quizás no son latidos. Puede que sea el movimiento del aire al entrar y salir.
Lo suelta, regresa a su pared. Guarda silencio. Nunca se le dio bien eso de hablar.
Él dio un largo trago a esa botella de Jack Daniel’s. Se la tendió a ella, que bebió, bebió y bebió.
- Me gusta cuando haces como que te enfadas.
*Silencio*
Una sonrisa se escapa por entre los labios de ella; él lo nota.
- Me gustas despeinada. Y si no lo hace el viento, lo haré yo.
Se acerca a ella, le revuelve el pelo. Suenan risas. Y ya, tumbados en el frío del suelo, miran hacia el nublado cielo sin estrellas.
- Imaginemos que hay estrellas – dice ella.
*Cierra los ojos, se gira, y la mira… muy muy cerca*
- Era una estrella fugaz.
- ¿Qué has pedido?
- Es un secreto – la rodea con un brazo, mientras sonríen, cómplices.
- Si supieses detener el tiempo, te pediría que lo hicieras ahora mismo – dijo él
- Lo haría.
- Deberías aprender.
Despegaron del suelo y acabaron con ese Jack Daniel’s. La risa se colaba entre las palabras y la visión ya les fallaba. La temperatura caía en picado.
Abrazados, pecho y espalda, casi sueñan.
- No te duermas – dijo él.
Ella echó hacia atrás su cabeza, mirando su cuello desde abajo… subió un centímetro y le dejó un beso. Él sonrió y la abrazó más contra sí.
- Ya no sé cómo acabamos aquí – dijo ella.
- ¿Importa?
- No.
-Karen Acuña-
Bueno, eso, Karen.
lunes, 7 de marzo de 2011
Puesta de Sol.
Sucede la típica huída del tímido sol, cuando la luna, alegre y extravagante, hace acto de presencia. Siente tanta vergüenza ante tal acumulación de perfecciones que su piel se colorea de un fulgurante rosado. Poco a poco va bajando la mirada, sintiendo que, a cada soplo de viento que las nubes la acercaban, se hacía cada vez más y más insignificante. Sol, que tenía fama de rey, de alegrar días de primavera, de descongelar helados corazones, de ser Felicidad, y de ser arrogante en toda su grandeza y redondez, se sentía pequeño ante ella.Luna, sabiendo los colores que provoca en Sol, quiere (unos días y otros muchos no) pintarse de amarillos románticos y, haciéndose la tímida, mirar por entre las nubes. Como otros muchos no: a veces, se hace la dormida y lo escucha reír. Y a veces se hace la misteriosa, y sólo le muestra su lado más bonito (Sol sabe que los dos, lo son). Luna, que no es tan fría ni perfecta como cree Sol, cuando quiere llorar, nos da la espalda y se hace llamar Nueva. Pero, haga lo que haga ella, Sol siempre se termina por ir, lo puede su belleza; y tímido: huye entre sus calores. Le deja el cielo (inmenso y con estrellitas incluidas) para que esté cómoda y lo embellezca con su presencia. Él no quiere estropearlo con sus punzantes rayos de luz, que evocan al ruido y al desorden. Él quiere que sus pequeños rayitos brillantes atraviesen las nubes y lo saluden desde arriba.
En su huída, cuando por fin desaparece del todo por entre los finales del oeste, y se esconde bajo el horizonte… sueña que el día no llegará, y que ella, hermosa, en su cielo siempre va a estar.
-Karen Acuña-
Entonces el sol se pone, Karen.
sábado, 12 de febrero de 2011
Soliloquio con Silencio.
Bueno, bueno… aquí estamos de nuevo: amigo Silencio. Nos hemos vuelto a quedar solos. ¿Hablamos de algo? No, que tú sólo callas. ¿Te puedo contar algo? Promete no interrumpirme.
Erase una vez… en un cercano lugar, un príncipe encantador atrapado en una pequeña torre, y una valiente princesa dispuesta a luchar contra el pequeño perrito que lo custodiaba.
(Silencio) Ya, ya sé que no es así. Pero… ¿qué más te da? Si sólo vas a oír.
Si quieres que continúe, sólo tienes que asentir. (Nada) Vale, tomaré eso como un sí, si no te importa. (Silencio.) Claro… a ti no te importa nada.
¿Para qué quieres que te cuente mi historia? (Silencio) Vale, he supuesto que querías oírla… pero si no quieres, ¡sólo tienes que decirlo! (Silencio) ¡Estúpido Silencio, nunca sabes que decir! Pues voy a continuar, no tengo nada mejor que hacer… Aquel perrito, no era tan perrito. Y aquella torre, no era tan pequeña. Aquel príncipe, no era tan encantador. Y aquella princesa, no era tan valiente.
No se me ocurre cómo puedo contarte esta historia… porque, aunque no me respondas, quiero que la escuches bien. Eres Silencio, si hay algo que te debe gustar, es escuchar, ¿no? (Silencio)
Aquel perrito era un enorme dragón. Y aquella pequeña torre, era demasiado alta. Aquel príncipe no era encantador, estaba triste y enfadado con el mundo exterior. Y aquella princesa no era valiente, era la más cobarde del reino adyacente.
Lo siento, Silencio, sé que estoy rimando, intento no hacerlo…
¿Sabes algo? Lo dejo. No merece la pena contarte esta historia, es fea y está llena de silencios. Sí, puedes sentirte herido. Ya no te quiero conmigo. (Silencio) No me digas eso… está bien, discúlpame, no lo volveré a hacer. ¿Quieres que continúe? (Silencio)
A pesar de su poca valentía, la princesa se dispuso a rescatar a aquel triste príncipe. Luchar contra el dragón no fue tan difícil, lo superó en un par de minutos. Pero, amigo Silencio, escalar la torre era más difícil.
Reitero lo dicho: no eres mi amigo, no es más que una forma de hablar. Aunque, aprecio las cosas que dices.
(Silencio) ¿No te sientes ofendido? (Nada) Vaya… siento que te admiro un poquito.
Escúchame, sí, ya sé que siempre lo haces; son las tres de la mañana y no puedo con esto. Te explicaría qué es “esto” pero… eres Silencio, y nada te importa. De todas formas, no me lo ibas a preguntar, ¿verdad?
Bueno, Silencio, después continúo con mi historia, sólo si me lo pides, que no lo harás.
¿No te da pena que me marche? (Silencio)
¿No me retendrás? (Silencio)
¿Ni siquiera te despedirás? (Silencio)
Vale… ya lo he entendido, quieres estar solo, ¿no? Bueno, Silencio, eso mismo haré, si es lo que deseas. Adiós.
-Karen Acuña-
(Silencio), Karen.
jueves, 10 de febrero de 2011
Cuando cierran los bares.
Era él el único dragón que quedaba por aquellos lugares alejados. Portaba él unos grandes ojos escurridizos, que capturaban hasta a la más pequeña de las orugas. Un andar pesado y singular lo caracterizaba.
Las horas pasaba entre figuras que el humo dibujaba para él. De a ratos, iba al bar a escupir algún que otro fuego y echar unas risas con el dueño.
Entre alcoholes inflamables e interminables caladas, estos dos hablaban…
- Ya no sé qué hacer, amigo – se quejaba este dragón. – A veces siento que no estoy.
- No te comprendo, pero eso es lo de menos. Háblame de cómo te sientes. - Rellenó el vaso con otro licor. – Bebe y empieza a hablar.
- ¿Quieres que te aburra con mis penas? – Dijo en medio de un círculo de humo.
- Así me olvido de las mías.
- Cada vez que la veo pasar… – suspira – desaparezco.
Dragón alzó la vista al oscuro techo de aquella taberna, recordó sus ojos y resopló el humo de su última calada. Entonces continuó:
- Pero soy un dragón… un dragón que no tiene nada de valiente, que he sobrevivido porque ningún príncipe me quiso a su lado para luchar. – Se entristeció y varios tragos seguidos, bebió.
- Pero estás vivo.
- Yo no estoy tan seguro, amigo mío.
- Nunca podremos estar seguros de nada. – Se puso en pie y cogió una botella más.
- ¿Qué puedo hacer entonces? – gimoteó, este pequeño dragón.
- Viejo amigo, tiene usted un problema.
- Sí. ¡Está aquí! – Se golpea fuerte en el pecho, exprimiendo una lagrimilla. – Y no me lo puedo quitar… - Apoya su vaso vacío en la barra – Otra copa, colega.
- ¿Sueñas? – le pregunta su buen amigo, tras servirle otra más, está vez de coñac: unos 40º de puro desamor.
- ¿Qué si sueño? ¡Cada día! – respondió. – Una vez soñé que me abrazaba, entonces empezaba a llover y ella lloraba – suelta una carcajada - ¡Me decía que el pelo se le estropeaba!
Con una mezcla de tristeza y alegría, Dragón seguía bebiendo y recordando. Así pasó un pequeño ratito más. El dueño, su amigo y compañero de bebidas, veía estrellitas bailando a lo largo de la barra, entre las copas y subiendo por las paredes. Le regalaba risas a su amigo, que de amores estaba dolido.
- Creo, mi pequeño dragón, que ya es suficiente por hoy – dijo vaciando la última gota de ron que quedaba en su copa.
- ¡No! Aún pienso en ella, aún sé que no está aquí, aún sé que no estará… ¡Deseo no saber, fumando y bebiendo con el sol amanecer! Y que en al despertar, me encuentre con ella en otro sueño – suspiró.
- Déjalo ya… - sintió dolor. Su amigo: era un alma en pena.
Dragón negó, negó, y volvió a negar. Sujetó muy fuerte su botella (ya no se molestaba en servir el alcohol en el vaso) y, aprisionando contra sus labios, hasta la última gota evaporó.
- ¡Vamos a su casa! – sugirió, de pronto, muy animado.
- ¿Y qué harás? – quiso saber su amigo.
- No sé – parecía que pensaba, mientras se ponía en pie para salir del bar. - ¿Y si le canto alguna canción? ¿Y si le declaro todo mi amor? ¿Y si le llevo flores y bombones? – reía, mientras bailaba al ritmo de la música que en su cabeza sonaba. – Puedo volar hasta su ventana y hacerle muecas para que se ría – sonrió, el temeroso dragón, como un bobo hasta arriba de alcohol.
Ambos amigos, riendo, se fueron saltando por entre aquellos lugares… entre canciones de viejos bares.
A la mañana siguiente, despertaron en algún rincón. En ese estado, Dragón no supo llegar a su dirección…
Estando bien, ahora que lo pensaba mejor: no era buena idea lo que el alcohol le había sugerido, mejor se iba a su cueva, a mirar el techo y a soñar (que es mucho más fácil)
-Karen Acuña-
¿ Habéis sido dragones alguna vez?, Karen.
domingo, 6 de febrero de 2011
Por puntos..
Calle vacía. Frío. Noche. Luz de luna y tenues farolas. Música: pasos lentos. Soledad. Alguien que no se distingue. Pensamientos: voces que no se callan. Mirada baja. Mirada extraviada, se la ha dejado en otros ojos. Bum, bum. Bum, bum. Late el corazón. Sigue vivo. Pasos automatizados. Sin dirección fija. Búsqueda de calor. Tic, tic. Tic, tic. La nieve, simpática, cree poder congelar sus pensamientos. Aumento de velocidad, pasos acelerados. Lluvia. La nieve no resiste. Charcas. Plaf, plaf. Salpica. Corre. El viento corta. En el pecho, el corazón le duele: grita muy fuerte. Oscuridad. Miedo. Asfalto y piedra por doquier. Desorientación. Pérdida física. Pérdida mental. Pérdida emocional. Pérdida: presente. Tic, tac. Tic, tac. Reclama el reloj que es tarde. No necesita tiempo, lo arroja. Una charca se queja, ha perdido agua. Tic, tac ya no canta. Cielo sigue llorando. Sus lágrimas salen, curiosas. El viento sigue cortando y el corazón está asfixiado. Agotado, cae. Se empapan sus ropas. El frío quema. Cree que ya no siente nada. Pero todavía siente su recuerdo. Todavía escucha esas palabras. Todavía lee esas palabras. Aún siente su mirada. Aún escucha su risa. Todavía siente. Alza la vista al cielo. Sus ojos son agua: de lágrimas propias, o del cielo. No ve nada. Pero distingue puntitos: son las estrellas. Sonríe. ¿Qué hacer ahora? ¿Nada? ¿Continuar caminando? ¿Reír con las estrellas, sin luna? ¿Ser consciente? ¿Volar? ¿Reparar las ruinas, si las hay? ¿Dormir? ¿Despertarse? ¿Cantar sin saberse la letra? ¿Escribir sobre el asfalto? ¿Qué escribir? ¿Versos? ¿Recuerdos? ¿Deseos? ¿Ilusiones? ¿Mentiras? ¿Suposiciones? ¿Cuentos? ¿Inventos?
¿Qué pensar? ¿En nada? ¿En eso? ¿En qué? ¿Dejarse caer? ¿Qué sentir al caer?
Se pone en pie. Fuerza. Un suspiro (el último). Vista orientativa. No reconocer. Demasiado gris. Un paso. Otro más. Quiere llegar a su lado. Recuperar su mirada. Decirle nada. Marcharse (no huir). Olvidar. Bum, bum. Bum, bum. Bum, bum. Protesta su corazón.
- Lo siento, no hay nada más que pueda hacer. Y no te puedo decir que lo intenté, mentiría. Sé que no te traté bien, corazón. ¿Podrás perdonarme algún día? – hablaba de camino a casa, helado de frío.
-Karen Acuña-
Madrugada. 600ml de insomnio. Repaso. Pienso. Finalizo. Me despido, Karen.
jueves, 3 de febrero de 2011
El señor sin historias.
Desde pequeño, supo que había sido dotado con un don especial: ser invisible. Al principio lloraba, no le gustaba no verse el centro de atención, pero poco a poco fue creciendo, y con él, su invisibilidad. A veces estaba bien… entraba en un vagón, tomaba asiento y se hacía el recorrido completo sólo para escuchar historias: algunas hermosas, otras tristes, muchas divertidas, demasiadas malas, aunque algunas simplemente estaban mal contadas… y otras tantas que conseguían tocarle el corazón: su invisible corazón de hielo. De eso vivía, de las historias de los demás, porque él… él sólo podía soñar.
Era un músico, un caminante, un soñador, un cantante, un hombre, el trozo que queda de lo que se dejó en sus sueños, un abanico de posibilidades, un callejón sin salida, un día de lluvia y otro de sol, unas alas sin plumas, un teléfono que suena, unas notas suicidas que viven entre andenes, una gota de ron, un lapicero sin tinta, un libro sin escribir, un poeta con balas sin punto de mira…
Amaba los días lluviosos, salir al parque y ver cómo las hojas besan el suelo, tomar chocolate para almorzar y un buen filete para desayunar, llamar a números que no existen, pasear al perro que nunca tuvo, mirar las estrellas que le sonríen, despedir al sol y saludar a la luna, imaginar que vuela y entre nubes dormirse, soñar cuando tiene cosas que hacer, soñar cuando no tiene cosas que hacer, beber directamente de la botella, pintar en las paredes, guardar equilibrio en el tejado…Era, en definitiva: un invisible, un señor sin historias.
Vivía sin que nada sucediera… tenía demasiadas frases, como: “Hoy salí a dar un paseo, he visto la más hermosa de la miradas.” “Un espejo me ha contado que me estoy perdiendo, no sé si creerle.” “He fallado. Cuando me he preguntado por la hora, no he sabido responder: no llevo reloj.” “Hoy me sentía triste, he recordado esos ojos. No es que los hubiera olvidado, es que estaban más presentes.” “Mi whisky me ha cantado al oído, era una balada, y me ha hecho llorar.” Como esas, tenía muchas, pero ninguna llegaba a la categoría de historia… Para contar una buena historia, esta debe de tener un principio de mentira, un desenlace compartido, y un final sin compasión.
Día a día gastaba la tinta de su lapicero en poemas que no leería nadie, más que él… ni siquiera se los contaba a su almohada, decía que no merecía la pena: que no eran historias de verdad. Los versos salían solos, salían a pasear por la noche, llegaban resacosos, y a la hora del té: morían en alguna estación de tren.
El señor sin historias siempre estaba callado, y, día a día se hacía más y más invisible… “Hoy, a la fuerza, le he cedido mi asiento de tren a una acelerada mariposa que, por lo que pude observar, se sentía ansiosa por salir de ese lugar. No me enfadé con ella por no percatarse de mi presencia, porque… eran esos los ojos que no me dejaban dormir. Y, si al no dormir: soñaba. Y al soñar: vivía un poquito… le consentiría que lo hiciera. Seguiría sin existir.”
La mariposa se bajó pocas estaciones más allá, y el señor sin historias la miró marchar: volando entre la gente sin parecer una más… Ella tenía su contra don: ser sobrevisible.
El señor sin historias sabía muy poco; y lo que sabía de la vida, lo aprendió a base de poesías, pero… suponía que un ser sobrevisible nunca vería a un ser invisible.
El tren continuaba con su recorrido, ya de regreso, cuando el cielo se encapotó y empezó a llorar. Los cristales se hicieron gotitas y el invisible escribió versos cortos sobre miradas visibles y mariposas que aletean…
Sin final no hay historia que merezca la pena contar, el señor invisible siguió sin existir, durmiendo en el tejado, bebiendo de la botella, volando sin cielo, y escribiendo versos para una mariposa que se perdió…. Y con una frase más que añadir al cajón: “A la mariposa vi volar, como quien ve desde la estación, al tren que se va.”
-Karen Acuña-
Haceros visibles, Karen.
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