lunes, 20 de septiembre de 2010
Gritos
jueves, 16 de septiembre de 2010
Se me acaba.
Pensar y pensar y darle vueltas a todo. Que todo gira en torno a una idea, se reproduce y ramifica en miles de posibilidades. Que todo es un gran y enorme NADA. Que, aunque la realidad sea demasiado aburrida.. los sueños son pesadillas disfrazadas de aquello que más nos gusta.
!Malditos días extraños! Esos en los que todo hace daño, esos en los que los sueños se desbordan, caen, y se estrellan.. rompiendose en mil pedazos. Sentir que no tienes ganas de nada, que ni una sonrisa sale de tu cara. No tener palabras...
No tengais días así, Karen
jueves, 9 de septiembre de 2010
La memoria.
sábado, 28 de agosto de 2010
Hoy lloré.
se me habrá metido un poco de arena
eso no es para mí”
miércoles, 25 de agosto de 2010
Vivir
Es el punto final definitivo, ese punto (como dice Sabina) al que no le siguen dos puntos suspensivos.
Es ese momento en el que piensas “¿y ahora qué?”.
Es el último piso, al que se llega después de subir y bajar escalones numerosas veces.
Es el destino de todo el que vive.
Es algo que duele. Pero sólo duele a esos a los que la muerte dejó atrás, incompletos.
Es algo sencillo, en lo que no hay que pensar. ¿Acaso merece la pena pensar sobre ello?
La muerte sólo es una cosa: nada.
La gente no suele tener miedo a la muerte, sino a vivir.
Y ¿qué es la vida, entonces?
La vida, desde luego, NO es abrir los ojos cada mañana.
Es todo tu recorrido hasta el final, puede ser largo o efímero… pero, siempre que se pueda: la vida es maravillosa.
La vida es una compleja unión de personas, momentos y palabras.
Siempre (y nadie puede decir lo contrario) hay algo por lo que merece la pena seguir vivo. Existen recuerdos desagradables que te animan a suplantarlos por otros mejores. Existen recuerdos hermosos que se instalan en tu mente y en tu corazón, planeando nunca irse.
Y, si los recuerdos no son suficientes para seguir aquí… siempre se pueden crear nuevos recuerdos.
Es mejor tener algo, por pequeño que sea, que tener nada (absolutamente nada).
Vivid, Karen.
miércoles, 18 de agosto de 2010
Te quiero.
Dos. Sólo son dos palabras. Dos palabras que significan tantas cosas… y a la vez, nada.
No soy de las que piensan que un “te quiero” son palabras muy importantes, me parece que un gesto o una mirada dicen eso y mucho más, pero… sin embargo, soy incapaz de pronunciar estas palabras sin añadirle un tono despreocupado y divertido.
Creo que hay muchos tipos de “te quiero”.
Está el “te quiero sincero”: ese “te quiero” que sale de tu boca sin motivo alguno, ese que no hace falta decirlo pero se dice. Ese que es entre colegas, ese que no esconde nada más que la verdad, que no tiene significados ocultos. Ese que te hace sonreír. Ese “te quiero” que nace de una conversación que acabó en una sonrisa. Ese “te quiero” que es así de simple. Ese “te quiero”, para mí, es el que más valor tiene.
Está el “te quiero educado”: ese “te quiero” que dices casi sin darte cuenta, sólo porque queda muy mono poner “tq” al final de cada mensaje. Ese “te quiero” que no significa nada. Ese que puedes poner infinitas veces, sin temor a que ese alguien se cree la idea equivocada, ese que no es de verdad.
El “te quiero cobarde”: ese “te amo” que va disfrazado de simpleza con un “te quiero”. Ese que intenta averiguar sentimientos antes de lanzar las palabras que en verdad se quieren decir… “te amo. Más que a nadie en el mundo, y sólo deseo que tú también lo hagas”. Ese te quiero que cuesta tanto decir, pero que se dice muy a menudo, y la gente confunde con un “te quiero sincero”.
Existe el “yo también te quiero, pero no así”: ese que te rompe el corazón. Ese que hace que desees no haber dicho nunca el “te quiero cobarde”. Ese “te quiero” que sólo significa un “te aprecio”.
Y muchos más…
Pero, allí está el problema: ¿por qué tenemos que pensar sobre el “te quiero”? No son más que dos palabras bonitas, que significan muchas cosas (significa lo que tú quieras que signifique), o… quizás nada.
Hoy, no me siento capaz de pronunciar esas dos únicas palabras, ni siquiera para responder a las mismas palabras. Quizás sí le doy importancia, aunque no quiera dársela.
Quered, Karen.
sábado, 14 de agosto de 2010
Palabras
Hace ya unos cuantos días que no podía dormir más de cuatro horas, por pasar las noches hablando y, cuando intentaba dormir, pensando. No se puede dormir si tienes algo en la cabeza, porque le das vueltas como un tiovivo mal ajustado, que al final te marea y acabas por derrumbarte (regresando a la idea inicial).
No pensar.
Pensar que no debo pensar, es un pensamiento, con lo cual… no se puede evitar no pensar. Siempre se tiene algo rondando por ahí arriba, algo que no te deja en paz. Sin embargo, a veces me ha pasado que dejo mi mente en blanco, sólo rellena de las gloriosas notas musicales provenientes de las manos de Steve Vai. Me dejo caer los párpados, dejo de mirar las estrellas, y siento como el viento de la madrugada me revuelve el pelo y me eriza el vello de la piel. Es una sensación tan simple, que hace que deje de pensar en nada más. Mis conflictos mentales desaparecen y me dan una tregua hasta el día siguiente. Pero sólo a veces.
Que ¿en qué pienso? En lo de siempre.
Pienso en las palabras (las dichas, las ocultas, las obviadas, las sutiles, las hermosas, las que duelen, las olvidadas, las que vendrán, las que pudieron haber sido…) Pienso en cada conversación que he tenido y cada una de ellas que me encantaría tener. Pienso en una vieja situación y las palabras que yo debería haber dicho, en lugar de las que solté. Luego de un rato: pienso que pierdo mi tiempo. ¡Las palabras son de las pocas cosas que no se pueden recoger! Ya están dichas… entonces ¿por qué pienso en ellas como si pudiera cambiarlas?
Lo he intentado, pero cada madrugada acabo quedándome dormida con el mismo pensamiento en la cabeza: no debes hacer esto.
No debo pensar en las palabras.
Pero… no se puede evitar, es decir: ¿cómo controlas algo involuntario?
Si centro mi mente en otra cosa… pero, a esas horas no queda más por hacer, quizá por eso no quiero ir a dormir, para tener la mente a otra cosa.
Creo que le doy demasiada importancia a las palabras… ¿acaso soy la única?
Dormid, Karen
