Vendo mi alma al primero que pase porque el diablo se olvidó de mí.

Dejad los pretextos, la vida necesita más párrafos.

sábado, 12 de febrero de 2011

Soliloquio con Silencio.

Bueno, bueno… aquí estamos de nuevo: amigo Silencio. Nos hemos vuelto a quedar solos. ¿Hablamos de algo? No, que tú sólo callas. ¿Te puedo contar algo? Promete no interrumpirme.

Erase una vez… en un cercano lugar, un príncipe encantador atrapado en una pequeña torre, y una valiente princesa dispuesta a luchar contra el pequeño perrito que lo custodiaba.

(Silencio) Ya, ya sé que no es así. Pero… ¿qué más te da? Si sólo vas a oír.
Si quieres que continúe, sólo tienes que asentir. (Nada) Vale, tomaré eso como un sí, si no te importa. (Silencio.) Claro… a ti no te importa nada.
¿Para qué quieres que te cuente mi historia? (Silencio) Vale, he supuesto que querías oírla… pero si no quieres, ¡sólo tienes que decirlo! (Silencio) ¡Estúpido Silencio, nunca sabes que decir! Pues voy a continuar, no tengo nada mejor que hacer…

Aquel perrito, no era tan perrito. Y aquella torre, no era tan pequeña. Aquel príncipe, no era tan encantador. Y aquella princesa, no era tan valiente.

No se me ocurre cómo puedo contarte esta historia… porque, aunque no me respondas, quiero que la escuches bien. Eres Silencio, si hay algo que te debe gustar, es escuchar, ¿no? (Silencio)

Aquel perrito era un enorme dragón. Y aquella pequeña torre, era demasiado alta. Aquel príncipe no era encantador, estaba triste y enfadado con el mundo exterior. Y aquella princesa no era valiente, era la más cobarde del reino adyacente.

Lo siento, Silencio, sé que estoy rimando, intento no hacerlo…
¿Sabes algo? Lo dejo. No merece la pena contarte esta historia, es fea y está llena de silencios. Sí, puedes sentirte herido. Ya no te quiero conmigo. (Silencio) No me digas eso… está bien, discúlpame, no lo volveré a hacer. ¿Quieres que continúe? (Silencio)

A pesar de su poca valentía, la princesa se dispuso a rescatar a aquel triste príncipe. Luchar contra el dragón no fue tan difícil, lo superó en un par de minutos. Pero, amigo Silencio, escalar la torre era más difícil.

Reitero lo dicho: no eres mi amigo, no es más que una forma de hablar. Aunque, aprecio las cosas que dices. 
(Silencio) ¿No te sientes ofendido? (Nada) Vaya… siento que te admiro un poquito.
Escúchame, sí, ya sé que siempre lo haces; son las tres de la mañana y no puedo con esto. Te explicaría qué es “esto” pero… eres Silencio, y nada te importa. De todas formas, no me lo ibas a preguntar, ¿verdad?
Bueno, Silencio, después continúo con mi historia, sólo si me lo pides, que no lo harás.  
¿No te da pena que me marche? (Silencio)
¿No me retendrás? (Silencio)
¿Ni siquiera te despedirás? (Silencio)
Vale… ya lo he entendido, quieres estar solo, ¿no? Bueno, Silencio, eso mismo haré, si es lo que deseas. Adiós.

-Karen Acuña- 

(Silencio), Karen. 

jueves, 10 de febrero de 2011

Cuando cierran los bares.

Era él el único dragón que quedaba por aquellos lugares alejados. Portaba él unos grandes ojos escurridizos, que capturaban hasta a la más pequeña de las orugas. Un andar pesado y singular lo caracterizaba.
Las horas pasaba entre figuras que el humo dibujaba para él. De a ratos, iba al bar a escupir algún que otro fuego y echar unas risas con el dueño.
Entre alcoholes inflamables e interminables caladas, estos dos hablaban…

-          Ya no sé qué hacer, amigo – se quejaba este dragón. – A veces siento que no estoy.
-          No te comprendo, pero eso es lo de menos. Háblame de cómo te sientes. - Rellenó el vaso con otro licor. – Bebe y empieza a hablar.
-          ¿Quieres que te aburra con mis penas? – Dijo en medio de un círculo de humo.
-          Así me olvido de las mías.
-          Cada vez que la veo pasar… – suspira – desaparezco.
Dragón alzó la vista al oscuro techo de aquella taberna, recordó sus ojos y resopló el humo de su última calada. Entonces continuó:
-          Pero soy un dragón… un dragón que no tiene nada de valiente, que he sobrevivido porque ningún príncipe me quiso a su lado para luchar. – Se entristeció y varios tragos seguidos, bebió.
-          Pero estás vivo.
-          Yo no estoy tan seguro, amigo mío.
-          Nunca podremos estar seguros de nada. – Se puso en pie y cogió una botella más.
-          ¿Qué puedo hacer entonces? – gimoteó, este pequeño dragón.
-          Viejo amigo, tiene usted un problema.
-          Sí. ¡Está aquí! – Se golpea fuerte en el pecho, exprimiendo una lagrimilla. – Y no me lo puedo quitar… - Apoya su vaso vacío en la barra – Otra copa, colega.
-          ¿Sueñas? – le pregunta su buen amigo, tras servirle otra más, está vez de coñac: unos 40º de puro desamor.
-          ¿Qué si sueño? ¡Cada día! – respondió. – Una vez soñé que me abrazaba, entonces empezaba a llover y ella lloraba – suelta una carcajada - ¡Me decía que el pelo se le estropeaba!
Con una mezcla de tristeza y alegría, Dragón seguía bebiendo y recordando. Así pasó un pequeño ratito más. El dueño, su amigo y compañero de bebidas, veía estrellitas bailando a lo largo de la barra, entre las copas y subiendo por las paredes. Le regalaba risas a su amigo, que de amores estaba dolido.
-          Creo, mi pequeño dragón, que ya es suficiente por hoy – dijo vaciando la última gota de ron que quedaba en su copa.
-          ¡No! Aún pienso en ella, aún sé que no está aquí, aún sé que no estará… ¡Deseo no saber, fumando y bebiendo con el sol amanecer! Y que en al despertar, me encuentre con ella en otro sueño – suspiró.
-          Déjalo ya… - sintió dolor. Su amigo: era un alma en pena.
Dragón negó, negó, y volvió a negar. Sujetó muy fuerte su botella (ya no se molestaba en servir el alcohol en el vaso) y, aprisionando contra sus labios, hasta la última gota evaporó.
-          ¡Vamos a su casa! – sugirió, de pronto, muy animado.
-          ¿Y qué harás? – quiso saber su amigo.
-          No sé – parecía que pensaba, mientras se ponía en pie para salir del bar. - ¿Y si le canto alguna canción? ¿Y si le declaro todo mi amor? ¿Y si le llevo flores y bombones? – reía, mientras bailaba al ritmo de la música que en su cabeza sonaba. – Puedo volar hasta su ventana y hacerle muecas para que se ría – sonrió, el temeroso dragón, como un bobo hasta arriba de alcohol.
Ambos amigos, riendo, se fueron saltando por entre aquellos lugares… entre canciones de viejos bares.

A la mañana siguiente, despertaron en algún rincón. En ese estado, Dragón no supo llegar a su dirección…
Estando bien, ahora que lo pensaba mejor: no era buena idea lo que el alcohol le había sugerido, mejor se iba a su cueva, a mirar el techo y a soñar (que es mucho más fácil) 
-Karen Acuña-  

¿ Habéis sido dragones alguna vez?, Karen. 

domingo, 6 de febrero de 2011

Por puntos..

Calle vacía. Frío. Noche. Luz de luna y tenues farolas. Música: pasos lentos. Soledad. Alguien que no se distingue. Pensamientos: voces que no se callan. Mirada baja. Mirada extraviada, se la ha dejado en otros ojos. Bum, bum. Bum, bum. Late el corazón. Sigue vivo. Pasos automatizados. Sin dirección fija. Búsqueda de calor. Tic, tic. Tic, tic. La nieve, simpática, cree poder congelar sus pensamientos. Aumento de velocidad, pasos acelerados. Lluvia. La nieve no resiste. Charcas. Plaf, plaf. Salpica. Corre. El viento corta. En el pecho, el corazón le duele: grita muy fuerte. Oscuridad. Miedo. Asfalto y piedra por doquier. Desorientación. Pérdida física. Pérdida mental. Pérdida emocional. Pérdida: presente. Tic, tac. Tic, tac. Reclama el reloj que es tarde. No necesita tiempo, lo arroja.  Una charca se queja, ha perdido agua. Tic, tac ya no canta. Cielo sigue llorando. Sus lágrimas salen, curiosas. El viento sigue cortando y el corazón está asfixiado. Agotado, cae. Se empapan sus ropas. El frío quema. Cree que ya no siente nada. Pero todavía siente su recuerdo. Todavía escucha esas palabras. Todavía lee esas palabras. Aún siente su mirada. Aún escucha su risa. Todavía siente. Alza la vista al cielo. Sus ojos son agua: de lágrimas propias, o del cielo. No ve nada. Pero distingue puntitos: son las estrellas. Sonríe.
¿Qué hacer ahora? ¿Nada? ¿Continuar caminando? ¿Reír con las estrellas, sin luna? ¿Ser consciente? ¿Volar? ¿Reparar las ruinas, si las hay? ¿Dormir? ¿Despertarse? ¿Cantar sin saberse la letra? ¿Escribir sobre el asfalto? ¿Qué escribir? ¿Versos? ¿Recuerdos? ¿Deseos? ¿Ilusiones? ¿Mentiras? ¿Suposiciones? ¿Cuentos? ¿Inventos?
¿Qué pensar? ¿En nada? ¿En eso? ¿En qué? ¿Dejarse caer? ¿Qué sentir al caer?
Se pone en pie. Fuerza. Un suspiro (el último). Vista orientativa. No reconocer. Demasiado gris. Un paso. Otro más. Quiere llegar a su lado. Recuperar su mirada. Decirle nada. Marcharse (no huir). Olvidar. Bum, bum. Bum, bum. Bum, bum. Protesta su corazón.

-          Lo siento, no hay nada más que pueda hacer. Y no te puedo decir que lo intenté, mentiría. Sé que no te traté bien, corazón. ¿Podrás perdonarme algún día? – hablaba de camino a casa, helado de frío.

-Karen Acuña- 

Madrugada. 600ml de insomnio. Repaso. Pienso. Finalizo. Me despido, Karen. 

jueves, 3 de febrero de 2011

El señor sin historias.

Desde pequeño, supo que había sido dotado con un don especial: ser invisible. Al principio lloraba, no le gustaba no verse el centro de atención, pero poco a poco fue creciendo, y con él, su invisibilidad. A veces estaba bien… entraba en un vagón, tomaba asiento y se hacía el recorrido completo sólo para escuchar historias: algunas hermosas, otras tristes, muchas divertidas, demasiadas malas, aunque algunas simplemente estaban mal contadas… y otras tantas que conseguían tocarle el corazón: su invisible corazón de hielo.  De eso vivía, de las historias de los demás, porque él… él sólo podía soñar.
Era un músico, un caminante, un soñador, un cantante, un hombre, el trozo que queda de lo que se dejó en sus sueños, un abanico de posibilidades, un callejón sin salida, un día de lluvia y otro de sol, unas alas sin plumas, un teléfono que suena, unas notas suicidas que viven entre andenes, una gota de ron, un lapicero sin tinta, un libro sin escribir, un poeta con balas sin punto de mira…
Amaba los días lluviosos, salir al parque y ver cómo las hojas besan el suelo, tomar chocolate para almorzar y un buen filete para desayunar, llamar a números que no existen, pasear al perro que nunca tuvo, mirar las estrellas que le sonríen, despedir al sol y saludar a la luna, imaginar que vuela y entre nubes dormirse, soñar cuando tiene cosas que hacer, soñar cuando no tiene cosas que hacer, beber directamente de la botella, pintar en las paredes, guardar equilibrio en el tejado…
Era, en definitiva: un invisible, un señor sin historias.
 Vivía sin que nada sucediera… tenía demasiadas frases, como: “Hoy salí a dar un paseo, he visto la más hermosa de la miradas.” “Un espejo me ha contado que me estoy perdiendo, no sé si creerle.” “He fallado. Cuando me he preguntado por la hora, no he sabido responder: no llevo reloj.” “Hoy me sentía triste, he recordado esos ojos. No es que los hubiera olvidado, es que estaban más presentes.” “Mi whisky me ha cantado al oído, era una balada, y me ha hecho llorar.”  Como esas, tenía muchas, pero ninguna llegaba a la categoría de historia… Para contar una buena historia, esta debe de tener un principio de mentira, un desenlace compartido, y un final sin compasión.
Día a día gastaba la tinta de su lapicero en poemas que no leería nadie, más que él… ni siquiera se los contaba a su almohada, decía que no merecía la pena: que no eran historias de verdad. Los versos salían solos, salían a pasear por la noche, llegaban resacosos, y a la hora del té: morían en alguna estación de tren.
El señor sin historias siempre estaba callado, y, día a día se hacía más y más invisible… “Hoy, a la fuerza, le he cedido mi asiento de tren a una acelerada mariposa que, por lo que pude observar, se sentía ansiosa por salir de ese lugar. No me enfadé con ella por no percatarse de mi presencia, porque… eran esos los ojos que no me dejaban dormir. Y, si al no dormir: soñaba. Y al soñar: vivía un poquito… le consentiría que lo hiciera. Seguiría sin existir.”
La mariposa se bajó pocas estaciones más allá, y el señor sin historias la miró marchar: volando entre la gente sin parecer una más… Ella tenía su contra don: ser sobrevisible.  
El señor sin historias sabía muy poco; y lo que sabía de la vida, lo aprendió a base de poesías, pero… suponía que un ser sobrevisible nunca vería a un ser invisible.
El tren continuaba con su recorrido, ya de regreso, cuando el cielo se encapotó y empezó a llorar. Los cristales se hicieron gotitas y el invisible escribió versos cortos sobre miradas visibles y mariposas que aletean…

Sin final no hay historia que merezca la pena contar, el señor invisible siguió sin existir, durmiendo en el tejado, bebiendo de la botella, volando sin cielo, y escribiendo versos para una mariposa que se perdió…. Y con una frase más que añadir al cajón: “A la mariposa vi volar, como quien ve desde la estación, al tren que se va.”

-Karen Acuña-

Haceros visibles, Karen. 

miércoles, 26 de enero de 2011

La larga historia de la Sombra, ella, y sus lágrimas.

Se dejaba llevar, triste
Por esas notas sin final.
En silencio gritaba los versos que nunca escribió
O, si lo hizo, los rompió.
Escupía trozos de tristeza, y
No rompía a llorar
Porque, hace tiempo ya,
Que sus lágrimas guardó
Todas, en un cajón.
Bajo llave, las tenía a recaudo de su sombra
Que, aunque la siga a todas partes
Siempre se mantiene muy distante.
En silencio se reía a carcajadas,
De sus propias palabras, se burlaba.
Si de cuando en cuando una música la inspiraba
Cogía un candado y se silenciaba.
La sonrisa cogía sus brillos y la dejaba.
Ella cogía sus ganas
Y sin esfuerzo, trazaba risas
Sobre sus propias cenizas.
Sombra  mira atenta
A todo lo que hace sin darse cuenta.
Cierra los ojos y finge oscuridad,
Ella, que no puede vivir si la luz no está.
Sigue sus pasos al cuidado
Lamenta sus giros,
Ella no cruzaría por esos ríos.
Pero Sombra es consciente
De que el mando ella lo lleva,
Y ella ha decidido marcharse muy lejos,
Cogiendo la ruta de amores viejos,
Los trozos destrozados de corazones añejos,
Y nunca olvidando que sus lágrimas dejó
En lo más oscuro de ese cajón.
¿Y si le apetecía llorar?
Cogía una palabra fría
La escribía, la repetía…
Hasta que las ganas se pararan
Y  su corazón se helara.
¿Y si el corazón le escocía?
-          ¡Cállate, cállate! – le decía.
¿Y si el corazón enmudecía?
Una bomba de recuerdos la sacudía.
¿Y si la fatiga la adormecía?
Cantaba cuentos de miedo para tener pesadillas.
¿Y si, por dormir mal, le dolían las costillas?
Rápido, rápido, se tomaba unas pastillas.
¿Y si ya no le quedaban?
Con valentía, sus fuerzas apechugaban.
Un cigarro encendía
Y  le decía adiós al día.
¿Y si de noche el dolor reanudaba?
Cerraba los ojos, está muy cansada.
¿Y si el dolor se intensificaba?
Ella cogía la almohada
Y con un golpe, lo silenciaba.
Ante semejante situación:
Sombra dudaba entre darle un bofetón
O marcharse
Y hasta sin sombra, dejarle.
Así pasó varios días
Entre soledades y malas sonrisas
Que escupía con malicia.
Una triste mañana
Pasó lo que se esperaba.
A los pies de su cama…
En un frasco bien sellado,
Feo y sumamente estropeado…
Sombra le dejó sus lágrimas:
Que habían estado a su cuidado
Durante todos estos años.
Una carta también había
Y así decía:
“Tú, que no paras de por dentro llover,
De sacar sonrisas y andar sin prisas…
Te dejo hoy, sin decir adiós
Para que no sufra tanto tu corazón.
Tus lágrimas te dejo
Y con mi cariño te aconsejo:
Que las bebas de golpe.
Que llores tanto y con tanta fuerza
Que no pares hasta que anochezca.
Que te cojas mil y un rabietas
Y te des golpes contra la mesa.
Que te mires, a través de tu lluvia,
En un espejo, y fijamente observes
A tu pobre corazón y no te quejes,
Porque tú y yo sabemos que de tanto enfriar
Un día, el corazón, dejará de palpitar.
¿Y si no quieres a tus lágrimas sacar?
Muérete de una vez, con tu pesar.
Pero a mí, déjame en paz.
Que muy lejos estaré.
Con un beso me despediré,
Sintiendo que he sido la sombra
De la más boba de las personas. 
Cuídate”
Leyó otra vez las duras palabras
Y se prometió beber de sus lágrimas olvidadas…
¿Y si no lo hizo?
Nunca se supo, quizás no quiso.

-Karen Acuña-

¿Y si te tiembla la voz? Grita fuerte una canción, Karen.  

miércoles, 19 de enero de 2011

Tiempo...

Le decía que no podía quedarse.
Que no llorara más contra el cristal
Que podría enojarse.
Le decía que enormemente lo sentía
Que deseaba quedarse un segundo más
Y hacer como si nada más existía.
Con prisas apuraba un último esfuerzo
De sus oxidadas agujas
Para retenerle por un momento.
Pero la fuerza era mayor
Al igual que su dolor.
Rimando sus últimas canciones, le decía
Que lo había hecho lo mejor que podía.
Le decía que no estuviera triste
Que pronto se encontrarían
Y todo, un mal recuerdo, sería.
Aún con ganas de charlar,
De decirse nada demasiado especial,
No se querían separar.
Le decía que le dejase marchar
Que en otra hora se encontrarán.
Pero temía dejarle escapar.
Tiempo reclamaba urgente
Que ya los instantes están impacientes.
Que mucho les dejó despedirse,
Cosas varias decirse, y con cariño asirse.
Tiempo se enfadaba.
Decía que eso, en sus tiempos, no pasaba.
 “Mátame de una vez, sucio invento”
Dijo “Último Segundo”  con su último aliento.
A “Último Minuto” un beso le regaló
Pero no pudo ni quiso decir “adiós”.
Y Tiempo se relajó.
En cuanto a aquellos dos separó,
Ni siquiera lo sintió.
Tiempo no tiene corazón.

Karen Acuña. 

Que Tiempo es veloz y adora hacernos llorar, Karen. 

martes, 18 de enero de 2011

Pasos

Nacer, para no saber nada.
No saber nada, para aprender.
Aprender, para equivocarse.
Equivocarse, para observar.
Observar, para experimentar.
Experimentar, para vivir.
Vivir, para sentir.
Sentir, para ser.
Ser, para lograr.
Lograr, para dejarse llevar.
Dejarse llevar, para perderse.
Perderse, para encontrarse.
Encontrarse, para empezar desde donde lo dejaste.
Empezar desde donde lo dejaste, para no retroceder.
No retroceder, para avanzar.
Avanzar, para construir.
Construir, para fortalecer.
Fortalecer, para no ceder.
No ceder, para continuar.
Continuar, para perdurar.
Perdurar, para no ser olvidados.
No ser olvidados, para no olvidar.
No olvidar, para no llorar un “adiós”.
No llorar un “adiós”, para que el tiempo no se detenga.
Que el tiempo no se detenga, para que todo pase al tiempo.
Que todo pase al tiempo, para que no dure demasiado.
Que no dure demasiado, para no subir tan arriba.
No subir tan arriba, para no caer.
No caer, para no tener que empezar de nuevo.
No tener que empezar de nuevo, para recordar.
Recordar, para que no mueran cosas.
Que no mueran cosas, para que vivan.
Que vivan, para que exista vida.
Que exista vida, para vivir. 

-Karen A.- 

No sólo estar es importante... si estás pero no te percibes, no eres real. Sed reales. Lo real no es grande ni pequeño, lo real es lo que está y es. Lo real puede percibirse, y no estar. 

Tened experiencias, Karen.